
El observador percibe. Aplica la metáfora del espejo astillado a las percepciones de todos y cada uno de sus sentidos. Del totum revolutum de sus percepciones elige los fragmentos más regulares y de mayores proporciones. A sabiendas de que esas percepciones fragmentadas están a su vez deformadas por su pasado y su deseo, intenta conformar con ellas una unidad. Se esfuerza, en su diálogo interno, en construir un poliedro regular pitagórico, un dodecaedro, un cosmos, por ejemplo. Su quehacer le permite elaborar un enunciado, que guarda para sí con el cuidado de un quehacer artesano. Cuando se siente satisfecho de su labor, entrecierra los ojos, esboza una sonrisa sutil y enfoca la lejanía: busca la confirmación.
El observador desarrolla soliloquios desde sus enunciados.
Ocurre, a veces, que el observador se halla en tertulia. En la banalidad inteviene con frecuencia. Cuando el sujeto es de su interés o ha reflexionado sobre él, calla, aprehende. Los soliloquios emergen y se transmutan en discurso. Observa entonces al auditorio, con atención, persona a persona. Habitualmente enfrenta expresiones de extrañeza, de incomprensión o de asombro. No es lo que busca. Rara vez, en el extremo más lejano, por norma, distingue una mirada escrutadora con una sonrisa cómplice. Sabe entonces el observador que se ha encontrado con el interlocutor. Puede ahorrarse, a partir de ahora, el discurso, bastará con el enunciado para la comunicación, y no será de extrañar que una simple propositio se convierta en diálogo.
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